Nubes: las historias que escribe el cielo
¡Las nubes nos han acompañado toda la vida! Las hemos visto en el cielo: esponjosas como algodones, densas como una gran manta, finas como si fueran pintadas con pinceles, etc… Además, las nubes son protagonistas silenciosas del tiempo atmosférico, y tan importantes en nuestro día a día que hasta tienen nombre y apellido, incluso familia. Si te da curiosidad saber un poco más de ellas, te invitamos a seguir leyendo.
Antes del pronóstico, cuando el cielo era el mejor indicador
Mucho antes de que existieran satélites, modelos numéricos o aplicaciones del tiempo, las comunidades antiguas ya observaban el cielo con atención: a través de tradiciones y experiencias acumuladas, lograron interpretar patrones atmosféricos que les ayudaban a anticipar cambios en el tiempo. Aunque hoy sabemos que ese conocimiento no siempre era científico en el sentido moderno, sí representaba una conexión profunda entre el cielo y la vida en la Tierra. El conocimiento de las nubes, sus distintos tipos y patrones se convertía en una herramienta para prever lluvias o tormentas que se avecinaban.

Ya hacia el año 600 a. C., los pueblos mesopotámicos relacionaban la apariencia de las nubes con la posible ocurrencia de tormentas, vientos fuertes o sequía. Más tarde, Aristóteles, en su obra Meteorológica, propuso que el Sol generaba distintos tipos de evaporación del agua; siendo una de ellas la responsable de la formación de las nubes, sentando así las primeras bases para comprender el ciclo hidrológico.
Desde entonces, las nubes han pasado de ser señales interpretadas a simple vista a convertirse en piezas fundamentales de la meteorología moderna.
¿Qué son realmente las nubes? El secreto de su formación
Actualmente, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) define una nube como “un hidrometeoro conformado por pequeñas partículas de agua en estado líquido, sólido o una mezcla de ambos, suspendidas en la atmósfera sin tocar el suelo. En algunos casos, también pueden contener partículas más grandes, como polvo o cenizas”. Cuando esta se acerca a la superficie, deja de llamarse nube y pasa a ser niebla. Sí: en esos días grises, literalmente estás caminando dentro de una nube.
Para que una nube exista, debe ocurrir algo clave: el aire necesita llenarse de vapor de agua, como si fuera una esponja que ya no puede absorber más. A esto se le conoce como saturación. Si ese aire saturado se enfría, por ejemplo, al subir en la atmósfera, ya no puede guardar todo ese vapor de agua, por lo que empieza a transformarse, condensando en pequeñas gotitas o depositándose como cristales de hielo.
Este proceso no ocurre solo, pues necesita la ayuda de pequeñas partículas en suspensión como polvo, sal o cenizas (las mismas mencionadas en la definición de nube), ya que permiten que las gotitas o cristales se acumulen en torno a ellas. Estas partículas se conocen como núcleos de condensación. Cuando miles (o millones) de estas diminutas gotas o cristales se agrupan, ¡voilá! la nube finalmente se vuelve visible. Un ejemplo muy simple es lo que ocurre cuando sales de la ducha con el baño lleno de vapor. Si el espejo está frío, ese vapor se transforma en gotitas de agua sobre su superficie. En la atmósfera pasa algo parecido, pero en vez de un espejo, el vapor se apoya en estos núcleos de condensación.
Así que ya sabes, las nubes están formadas de agua en estado líquido y sólido, no de vapor, como muchas veces se cree.
Una familia muy variada
Seguramente ya te has dado cuenta que las nubes tienen formas muy distintas, y que también pueden estar muy arriba en la atmósfera, o más cerca de nuestra superficie. Para ordenar toda esta diversidad nubosa, el Atlas de las Nubes, creado por la OMM, las clasifica en 10 “géneros”, dependiendo de su altura y forma.
En cuanto a altura, las nubes altas poseen su base por sobre los 6000 metros; las nubes medias se ubican entre los 2000 y 6000 metros, y las nubes bajas poseen su base máximo a 2000 metros.
Si consideramos nombres, estos poseen prefijos y sufijos en latín, los que nos pueden ayudar a identificar con qué nube estamos lidiando. Por ejemplo, el prefijo “Strato” significa plano, en capas y liso, por lo que al pensar en Estratos, nos imaginamos verdaderas mantas. Otros prefijos son “Cirro o Cirrus”, que nos habla de plumas o cabellos; “Cúmulo”, que significa amontonado o esponjoso (esas nubes que parecen algodón); “Nimbo o Nimbus” se traduce a lluvia, mientras que Alto, irónicamente, nos habla de nubes medias.
Para ordenarnos un poco, y facilitar el reconocimiento de los diez géneros que mencionamos anteriormente, hicimos esta guía rápida de identificación de nubes, considerando su clasificación por altura y por tipo.

En ella podemos ver algunas nubes muy conocidas por nosotras/os como, por ejemplo: los Estratos, famosos por su relación con la vaguada costera (puedes leer más de ella acá), puesto que cuando se encuentra en su fase de término, estos ingresan a los valles interiores, dejando a las/os santiaguinas/os con una tarde fría y húmeda, mientras que los nortinos acostumbran ver la capa de Estratocúmulos que nubla sus días gran parte del año. Los Nimboestratos por su parte también son reconocibles, ya que su apariencia grisácea se relaciona con lluvias y mal tiempo.
¡Y esto no es todo! Los 10 géneros que mencionamos se subdividen en especies y variedades que hacen alusión a otras características como el nivel de transparencia o su estructura interna. ¡En total, tenemos más de 100 combinaciones! Aquí encontramos algunas nubes más desconocidas, pero igual de fascinantes, tanto que parecen sacadas de otro planeta, o de una película:
- Nubes lenticulares: con forma de lente o platillo volador, suelen formarse cerca de montañas.
- Nubes mammatus: presentan protuberancias hacia abajo, como “bolsas” colgantes.
- Nubes noctilucentes: visibles al atardecer o al amanecer, brillan con tonos azulados en capas muy altas de la atmósfera.
- Nubes asperitas: con una base ondulada y caótica, como un mar agitado en el cielo.
Estas formaciones no son comunes, pero cuando aparecen, transforman completamente el paisaje.
Mirar el cielo con otros ojos
Las nubes no solo decoran el cielo: nos hablan. Nos cuentan sobre la estabilidad de la atmósfera, sobre cambios en el tiempo y sobre qué ocurre a kilómetros sobre nuestras cabezas. Observarlas puede ser el primer paso para entender cómo funciona la atmósfera, incluso sin instrumentos. A veces, basta con levantar la vista.
La próxima vez que veas una nube pasar, ya no será solo una figura curiosa… sino una pista más de la historia que está escribiendo el cielo. Acá te dejamos algunas fotos de nubes, tomadas por colegas de la DMC.
Te invitamos a compartir tus fotos de las protagonistas del cielo ☁️ en nuestras redes sociales, usando el hashtag #meteochilenubes.
Escrito por: Tamara Venegas Yurazeck. Editora: Alexandra Fuenzalida Artigas. Imágenes: Equipo Blog. Periodista: Paz Galindo Navarro.
Referencias
Artículo “The importance of understanding clouds” publicado en nasa.gov
Clouds and climate. Nat. Geosci. 17, 369 (2024). https://doi.org/10.1038/s41561-024-01460-y
Colón Robles, M., Amos, H. M., Dodson, J. B., Bouwman, J., Rogerson, T., Bombosch, A., … & Chambers, L. H. (2020). Clouds around the world: How a simple citizen science data challenge became a worldwide success. Bulletin of the American Meteorological Society, 101(7), E1201-E1213.
Spänkuch, D., Hellmuth, O., & Görsdorf, U. (2022). What is a cloud? Toward a more precise definition. Bulletin of the American Meteorological Society, 103(8), E1894-E1929.
https://wmo.int/world-meteorological-day-2017/classifying-clouds
https://www.weather.gov/lmk/cloud_classification
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